Lanjarón Historia y Tradición por Juan Gutiérrez Padial, Ed. Santa Rita, Monachil, Granada, 1982
Desde el Tajo Colorao
El pueblo, recreado desde El Portachuelo, desde cualquier cornisa del Tajo Colorado, reproducía la vera efigie de un gigantesco crucero surcando por insondables mares de verdor. ¿Dó la proa? ¿Dó la popa? Coloso marinero, recortada elegancia su torre vigía sobre la relustrada fronda campera, resuelta en espumoso oleaje contra los altivos cantiles nevados. Urdimbre de humos delgados —otro y otro— surtiendo de sus albas chimeneas hasta diluirse en la altura del semicielo. Al oeste la ermita de San Roque; al este la de San Sebastián, encocorada ésta ahora con su fachada de discoteca rural.
La Era del Río
A este flanco, extramuros, los tres solos vecinos: Anica la Funa, ensamblada al peñasco de la Era del Río. Antonio Castro, musicador en piedra y agua, luenga la barba entrecana, centelleante la pupila como topacio quemado sobre la faz atezada de prócer arruinado. Miguel Cristino, ambigüedad ficticia, cautos ojo y pisada, recámara y trastienda en proporción equilibrada… Nadie más. Los suficientes. Préstamo de calor a la ermita, donde San Sebastián engañaba las horas injertado al leño martirial, recontando las rosas o las clavellinas de su huerto. Más acá, el cementerio, dentro de otro mundo aparte.
El Cañuelo
Como a un tiro de piedra, aplastadas de sol y de miseria, las casucas del Cañuelo. Allí el Zocato, zurdo integral; el tío Pamplina, atenazado de ayunos forzados; Isabelica Langona, valedora de sus hijos Fernando y Trinidad. Fernando —ensimismamiento congénito— apacentaba un corto aprisco caprino, absorto en el zigzagueo de alguna mariposa extraviada. Un día cualquiera, decidió cerrar los ojos y se ausentó para siempre, envuelto en su intacto ensimismamiento. Juanico Pesetas, marido de Isabel, andaba por América buscando, rebuscando lo que no habría de encontrar. Y regresó fatigado, para seguir buscando, ahora entre peñascales, al pie de Minaflores, frente a la toma de la acequia del Aceituno.
En la esquina del Cañuelo, cegadora de luz, de vertidos, de moscardas hambronas, al filo de la rampa de acceso a Los Bancales, al Paraíso, el establo ruinoso, acogimiento nocturno de pícaros trashumantes, mendigos, galloferos. Moridero de Antonio Vivillo, soledad, jirón, pingajo, miseria, olvidanza, tristeza… Todo por junto.
El Barrio Hondillo
El caserío formal daba comienzo —o término— en las anodinas espeluncas del Farolillo, a cuatro pasos de la Fuente del Orín. La calle principal, paticoja en sus extremos, arrancaba de la cuadra de Agustín Moracho. Rosalía —su mujer—, labradora de “moñas” amarillas que, desde el voladizo del antepecho, en la noche del Viernes Santo, al paso de la Virgen, se alargaban hasta besarle el luto, a cambio de una lágrima.
Y prorrumpía la calzada por la empinada hosquedad del guijarral, cediendo la derecha a la almazara del tío Fernando Fortuna, bajo la tamizada claridad del emparrado. Pretiles y arriates sorprendidos en clamoroso despilfarro floral. Luego, apretujamiento de casas por ambos lados, avezadas al indómito pedrizal de la Cuesta de Salinas o en la Placetilla Colorada, preñada ésta de luz y agua chorreante. La Piedra del Castaño, acogida a la protección de sus iconos, venteadora del paisaje siempre lustroso de la Bancalada, acogimiento de niños y golondrinas, prendidos a la milagrosa fragilidad celeste de la enredadera que trepaba y trepaba hasta cuajar en dosel sobre la hornacina del Cristo maniatado.
Por la calle —mi calle— cruzaban las procesiones, los entierros, las diligencias, los carruajes, los cosarios y arrieros de la Alpujarra. La recua en fila de a uno. El macho cabecero campaneaba el cencerro prendido a la collera por oxear el sueño y el cansancio del grueso caminero. Les seguíamos los niños con la mirada y el vocerío tintineante:
Va diciendo la cencerra:
arriero, trampa alante…
Porteo de frutos alpujarreños. Vino, aceite, higos, almendras, semillas, paja, hortalizas, peces, salazones… Cuando el carro, desbordante la carga, intentaba cruzar el estrechón del Pilarillo Chato, se enquistaba la briega. Aquí arreciaba el látigo y la furia del carrero en borboteo maldiciente. Al fin, descarga de la mercancía para volver a cargar al otro lado de la angostura. ¡Qué remedio! Duro azacaneo del que daba fe la copla:
No hay vida más desgraciada
que la del pobre carrero,
todo el día trabajando
y, a la noche, sin dinero.
El Caño de las Eras
Por el Caño de las Eras bajaba la acequia del Aceituno, acunada al subsuelo. Derramando su dádiva por El Paraíso, Las Moraledas, El Cercaíllo, El Calvario, La Loceta. Jirpeando el cimiento de las domos hasta la esquina de la Placetilla de las Gradas, donde cruzaba por debajo mismo del campanario en busca de salida hacia la Puente Baja. Al pie del Caño de las Eras prorrumpía el desnivel que dividía la calle en dos mitades de complicada andadura hasta el recodo de Los Cuatro Chorros, donde “Chorro Jumo” laboraba en alpargatas de cáñamo que Rosa la Pascasia —su mujer— malvendía. La calle era terrazal polvoriento en verano; lodazal insalvable con las primeras lluvias. Reiterado bandazo de carruajes en todo tiempo. Cruzaba yo esta calle cuatro veces cada día, ruta obligada hacia el parvulario de sor Joaquina.
Por el año 1915, se emprendió la reforma o emparejamiento de la calle desde la casa solariega de doña Elisa Bueno Collantes, asomada a la Plaza, hasta la de don José Lozano Jaraba, alcalde semivitalicio de Lanjarón. Los hombres trabajaban de sol a sol. Ganaban poco. Comían bastante menos.
Las Cuatro Esquinas
Las calles laterales —callejas— son las mismas de entonces con algún aditamento periférico. Avanzaba la calle mayor por Las Cuatro Esquinas. Su lateral izquierdo cortado bruscamente por la casita de huéspedes donde es ahora la estación de Alsina. Frente al hospedaje, el cobertizo de salida a los pagos de La Cuesta, del Cenete, de la Peñuela. Y, a seguido, un altozano. Allí las casas de Jarillo, la de Benticuaga, la de Ascensión la Meína, el corralón de Gorrilla, la carpintería de Pepe Collantes. Y al final del arriate, la hospedería de Rafael Lozano, porche umbroso, terraza destellante de sol.
Frente a las casas, campo, amplitud horizontal. En línea con la calzada, más hogares despejados, abiertos al maizal del Macáber. El tío Juan Maleno, Silvestre Leche, el tío Pirondo, el peón caminero. Su nieto Marcelo, compendio de picaresca, fumaba en la escuela, a escondidas del maestro, claro está. Don Antonio Cabrera, dómine de palmetazo y tente tieso, tuerto acibarado, partió para el otro mundo rezongando su muletilla dilecta: ¡Majadero! ¡Majadero!.
Abriendo paso al caserío del Barranquillo, el Hotel San Roque, emporio de confort, vigilado por el Santo desde la blancura de su garita ermitaña. Paso forzoso al pago del Salado, al nacimiento de los hontanares Gómez y Capilla, al Castaño Gordo, corpulencia multicentenaria, arrasada por los moros durante la contienda de 1936. ¿Plantarían el rebultado ejemplar sus ascendientes más remotos?
Engarzada a la ermita de San Roque, la casa de don Paco Luna. Luego, el ribazo con su olivo añoso, lamido por la acequia que pasaba descubierta entre acera y recuesto hasta la curva, moderada por la hospedería de María Gálvez. Más adelante, la fábrica de harina, lamparilla mugrienta sobre el dintel, punto de cita nocturna de salamandras y coleópteros sin malicia. Y el Hotel Miramar, recortada su apetencia visual contra el tapial de Las Naves, arrullado por el bordón sonoro del Pilar de las Calenturas, recostado sobre la espesura frondal, moteada de campanillas celestes a la hora de prima. Y a seguido, la casa de Anica Fiestas, agobiada de ramajes, de verde fronda fresca.
La Avenida
Al arranque de la cuesta, el Hotel Vista Alegre. ¡Y a fe que lo era! Amplitud ajardinada en la terraza alta. Rumor crecido de agua en semioculta cascada frente a la alberca espejeante de Peralta. Y, ceñido al regazo de ésta, la vereda que rodaba hasta el pago del Castillo, abierta entre la espesura de maizales ajopados, en la embriaguez sucosa de frutos sazonados, en la recia fragancia de la albahaca que la brisa oreaba dentro de los arroyos de pimientos. Y todos los caminos amparados por claustros de verdor oferente de cosechas ubérrimas. Y del confín mediterráneo, nuevo sabor y olor a yodo, a sal, a marisco, a alga, a copla marinera, repartidos por la Avenida de… del último que estaba en candelero.
A mitad de la rampa apacible, un silencio cartujano, como de cultivo, por la hacienda de Cristóbal Marcelino y Anica Ojeda. Y más campos al alcance de la mirada, del tacto. Y en lo más altero, el Hotel España, reciente, de semiestreno. Dominador sin hartura de parajes terráqueos, marítimos, celestes. En el confín del pago del Salado, con ribetes de cenobio desde la lejanía, el Balneario, sin barrunto de su dorado porvenir. Flotador sobre la clara y sosegada realidad de su presente. Sin apetencias ni ambiciones visibles.
Dentro de la Avenida, de cara a la Bordaila, el Hotel Salud en toda su blancura cegadora. Café Fornos y los otros llegarían después. El Hotel Malagueño —¿por terminar?— y otras dos casas de huéspedes, perdidas entre bancales de vegetación exuberante. Y frente al Hotel España, la casa de Pascasio, asombro de soledad, de misterio. La casa de Pascasio… ¡Nada, nada! La casa de Pascasio.

















